miércoles, 17 de octubre de 2007
Un instante de felicidad en la palma de la mano
El blanco es el color de la paz, de la espiritualidad y lo es también, de aquellas particulas tan pequeñas y dipersas que al posarse en tu boca saben a hiel y al tocar lo raso del piso- revolviéndose cual yerba en el mate- forman un elixir del felicdiad instantánea, recíproca y total y absolutamente tangible: la nieve.
lunes, 15 de octubre de 2007
Desprenderse
Desprenderse de las personas, objetos, tentaciones y circunstancias adversas que perturban el alma lleva tiempo y paciencia, hay quienes pueden ver como nos hemos desprendido de algo que a lo largo de la vida ha formado parte del ser íntegro, y hay quienes en la acelearción de la banalidad lo dejan pasar desapercibido. Esta reflexión cuasi filosófica surge de algo tan auténtico como viejo, tan puro como impactante: el glaciar Perito Moreno en la patagonia Argentina. Este coloso de hielo día a día se desprende de alguna de sus treinta y un kilometros de nervaduras congeladas. Sólo si se está atento a los flujos de su helada sangre de agua dulce puede notarse como esta maravilla natural se deja ir en un cubo de hielo que podría simular una daga del tamaño de un elefante estrellándose en en un corazón de agua congelada, el Lago Argentino.
miércoles, 3 de octubre de 2007
Gardel canta en Mc Donals...
Olor a gasolina quemada, volanteros, zapatillas caminando a diez kilómetros por hora y el ruido de bocinas y motores amenazantes son el cotidiano en el microcentro de la ciudad de Buenos Aires; más aún en Florida, una calle tan turística, por su fama, como local, por sus hombres de traje desfilando como en su hábitat oficinista.
De entre ese caos, surge una voz que pareciera ser la del mismísimo Gardel, pero no, es Martín el tanguero que imposta su canto en la acústica de los edificios que se erigen sobre los bullicosos comercios de esa peatonal.
De pie, la espalda un poco envcorvada – para mostrar nostalgia ya que a sus treinta y seis años la joroba senil no es la causa de esta posición corporal ya dominada para este artista callejero – la mano derecha sobre la izquierda empuñadas a la altura del pecho, su boca entona "Volver" desde el que ha sido su lugar de trabajo desde el 2002: una larga pared al lado de uno de los símbolos clásicos del capitalismo: Mc Donals.
Imposible que sea Gardel el que entona con esa grave y potente voz los tangos de Alfredo Le Pera, pero como si lo fuera, ya que, como dice Martín, quien canta sin descanso diariamente durante seis horas – tres por la mañana y tres al caer la tarde: "los tangos de Gardel son los que me sé de memoria, los escucho desde niño y los canto desde que tenía nueve años".
Alrededor de ochenta tangos tiene en su repertorio, de Gardel y Le Pera casi todos, veinte, son los que sabe como la palma de su mano y los que más entona sea un dìa soleado como hoy en donde "el sol me da energía" o aquel nueve de julio en que la nieve cayó soberbia por entre el entramnado de las características ramas secas de los árboles porteños. "Un grado marcaba el termómetro (del banco que el cantante tenía a contra esquina) yo tenía que guardar las manos en los bolsillos del pantalón" dice mientras lo hace de nuevo evocando ese momento de frío implacable.
Martín trae el canto tanguero en las venas, y canta porque le gusta y eso se lo treansmite a la gente – mujeres admiradas, hombres conocedores del tango o jóvenes músicos – que se acercan a dejarle una moneda y lo felicitan; o aquellos que lo miran desde lejos congratulándose con el sentimiento que con sus párpados cerrados le imprime a sus interpretaciones siempre acompañadas por la conmoción cotidiana de una la tumultuosa calle Florida que se ve adornada con el cántico del que podría perecer el genial Gardel, sólo que esta vez con un vaso de pepsi lleno de monedas frente a sus lustrados zapatos negros.
De entre ese caos, surge una voz que pareciera ser la del mismísimo Gardel, pero no, es Martín el tanguero que imposta su canto en la acústica de los edificios que se erigen sobre los bullicosos comercios de esa peatonal.
De pie, la espalda un poco envcorvada – para mostrar nostalgia ya que a sus treinta y seis años la joroba senil no es la causa de esta posición corporal ya dominada para este artista callejero – la mano derecha sobre la izquierda empuñadas a la altura del pecho, su boca entona "Volver" desde el que ha sido su lugar de trabajo desde el 2002: una larga pared al lado de uno de los símbolos clásicos del capitalismo: Mc Donals.
Imposible que sea Gardel el que entona con esa grave y potente voz los tangos de Alfredo Le Pera, pero como si lo fuera, ya que, como dice Martín, quien canta sin descanso diariamente durante seis horas – tres por la mañana y tres al caer la tarde: "los tangos de Gardel son los que me sé de memoria, los escucho desde niño y los canto desde que tenía nueve años".
Alrededor de ochenta tangos tiene en su repertorio, de Gardel y Le Pera casi todos, veinte, son los que sabe como la palma de su mano y los que más entona sea un dìa soleado como hoy en donde "el sol me da energía" o aquel nueve de julio en que la nieve cayó soberbia por entre el entramnado de las características ramas secas de los árboles porteños. "Un grado marcaba el termómetro (del banco que el cantante tenía a contra esquina) yo tenía que guardar las manos en los bolsillos del pantalón" dice mientras lo hace de nuevo evocando ese momento de frío implacable.
Martín trae el canto tanguero en las venas, y canta porque le gusta y eso se lo treansmite a la gente – mujeres admiradas, hombres conocedores del tango o jóvenes músicos – que se acercan a dejarle una moneda y lo felicitan; o aquellos que lo miran desde lejos congratulándose con el sentimiento que con sus párpados cerrados le imprime a sus interpretaciones siempre acompañadas por la conmoción cotidiana de una la tumultuosa calle Florida que se ve adornada con el cántico del que podría perecer el genial Gardel, sólo que esta vez con un vaso de pepsi lleno de monedas frente a sus lustrados zapatos negros.
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