miércoles, 14 de noviembre de 2007

La titiritera de carne y hueso: Sara Bianchi


Buenos Aires está cubierto por una aureola de cultura y belleza que pareciera haber sido dibujada con una delicadeza milimétrica por el talento de sus artistas. Músicos, cantantes, actores, pintores y todo tipo de personajes que quieran comunicarse mediante el arte llenan espacios como los teatros de Corrientes, las galerías de arte, el interminable número de museos - de gran envergadura como el Museo Nacional de las Bellas Artes, o de trato íntimo y personal como el Museo Argentino del Títere en San Telmo.

La noche de los museos es una muestra clara de que esa energía artística característica del viento porteño tiene que canalizarse en este tipo de eventos culturales masivos. En una exploración más profunda de estos centros de deleite de los sentidos llegué al Museo Argentino del Títere y me interné en un mundo que se encontraba enmarañado en las telarañas de mi infancia. Aquel día parecía que miles de niños colmaban aquel pequeño recinto, empero, la magia de aquellos cientos de muñecos se quedó grabada en mi memoria y me hizo regresar semanas después.

La noche se había convertido en día, el lleno en casi vacío, pero la magia que aquella figuras inertes seguía intacta tras vitrinas de vidrio que peleaban día noche con un ejército de partículas de polvo. Títeres africanos, chinos, japoneses, rumanos, hindúes, mexicanos, australianos -más de quinientos, todos ellos obtenidos por medio de donaciones o intercambios - colmaban las paredes de la que fuera la casa de la que de la mano de Sara Bianchi fuera una de las titiriteras leyenda de Argentina, Mane Bernardo. La curiosidad por saber más de estas dos maestras del títere y la mística que estos "actores" en miniatura envuelven me carcomió las entrañas y me llevó a estar cara a cara con Sara Bianchi.

Telas, palos, telones, ojos pintados: la vida con los títeres

Sábado, siete de la noche, San Telmo, Piedras y Estados Unidos, una puerta de con vidrio en dicha esquina, luz tenue, silencio, Sara Bianchi sentada, la calle mirándola, la noche enmarcándola y los títeres acompañándola en una soledad aparente. Observé esa foto viva por unos segundos y me interné en ella con un ligero toquido al frágil vidrio de la puerta de entrada al Museo Argentino del Títere. Bianchi levanto la cabeza como saltando del barco que surcaba los territorios de la imaginación, me miró y, con el paso lento pero firme de una dama de más de ochenta años, se postró frente a esa entrada al mundo fantástico de los títeres.
Del abstracto de mi mente ansiosa de recuerdos de niñez y chispas de imaginación, Sara se dibujó en mi mente como un títere de carne y hueso - tan pequeña y menuda como uno de ellos- fascinante y agraciada. Su cabello se asía a su cabeza cual delicado sombrero hecho de "acero y plata de luna"; su encorvado cuerpo la llenaba de aires de sabiduría y sus pizpiretos ojos dejaban entre ver un halo de felicidad consumada.
El brillo reluciente de una medalla de plata con un gato colgando del cuello de quien se introdujera al mundo del arte primero como artista plástica y después como actriz le da un aire de realidad al personaje que Sara se había tornado en mi cabeza. Es una "especialista en títeres" dice haciendo hincapié que para ser titiritero primero se necesita ser actor; "al final uno es el que da vida al títere".

Su entrada a esta disciplina teatral se dio por invitación de su amiga Mane, ella la invitó a colaborar en la elaboración de los títeres; y poco a poco, Bianchi usando sus manos para confeccionar los títeres, sino para darles un soplo de vida y una personalidad.

Sus favoritos, los de guante...

Parece que tratamos de comunicarnos con el lenguaje sordomudo, pero en realidad Sara me enseña que más de sesenta años de manipular títeres de guante -sus favoritos por la libertad de movimiento que tienen por sobre las marionetas ("los hilos son un tanto más complejos") - le han dado una flexibilidad tal a sus dedos que puede unir el anular con el índice y pasar el dedo medio por debajo del triángulo que estos forman con la naturalidad que un bebé se chupa el dedo gordo del pié.


Lucecita: un viaje al mundo de la imaginación en escena

Sara enciende un cigarrillo y le da una bocanada lenta y profunda; se muestra entera, íntegra y comprometida con la cultura. Durante años viajó por las provincias argentinas con su amiga e inseparable compañera Mane Bernardo llevando la cultura del teatro y los títeres a niños de escuelas públicas. Ha montado un sin número de obras, cada una de ellas requiere un esfuerzo diferente. El octubre pasado, se montó un espectáculo de tango y milonga para la función de títeres para adultos, ella está ahí puntualmente todos los sábados a las nueve de la noche, es un espectáculo que le gustó y gustó mucho al público pero que fue complejo de montar porque se requería una cantante, un guitarrista y una sincronía entre estos y sus extensiones de tela en escena.

En los tantos viajes, espectáculos y públicos (el público al que los títeres van enfocados en un principio es esencialmente infantil, sin embargo, los espectáculos de títeres para adultos son también una realidad, Sara es una de sus promotoras del mismo) a los que ha deleitado Bianchi, siempre la ha acompañado el que podría describirse como su alter ego titiritesco: Lucecita. Un duende, de guante, por supuesto, que ella confeccionó como su acompañante personal. Es su títere favorito y ella nunca se separa de él; dice que es un poco travieso y que se quiere adjudicar roles que no le corresponden como cuando quiso postularse en las pasadas elecciones por el partido de los Títeres al Poder. Así, Sara Biachi dice que disfruta sobre manera poder escapar a este mundo de fantasía al que Lucecita, y los cientos de títeres que ha manejado a lo largo de su vida, le permiten llegar.

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